Un esquema de gobierno que se funde con la época, que no solo no es ninguna locura, sino que responde a la tendencia normalizadora del momento; a la racionalidad de esta hipermodernidad. No nos gustan los rostros del poder, nunca nos gustaron y ahora nos gustan menos. Nos preocupa la escalada bélica, nos revuelve las tripas la derecha desembozada que se monta sobre la debilidad de consensos básicos conquistados después de las experiencias nazi-fascistas europeas, del belicismo estadounidense, de los totalitarismos que usurparon el proyecto comunista y, más cerca nuestro, de la dictadura de la desaparición de personas. ¿Pero todo el enojo, el dolor, incluso la impotencia, nos van a dejar como al avestruz, con la cabeza bajo tierra? ¿Vamos a salir corriendo? ¿Nos propondremos “desertar” a quién sabe qué otro mundo? De hecho, la mala noticia para quienes honestamente imaginan esa posibilidad es que no hay afuera. Hace unos años nos preguntábamos si es posible amar el propio tiempo aunque ...
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